Diciembre 29, 2007...10:19 pm

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dado y perfecto por parte del hombre. Jamás le había dejado conocer la tristeza de la pasión, que convierte en puro instinto la pureza de los sentimientos. Sus besos, castos y dulces, nunca habían sido preludio de] deseo, sino la expresión de un amor sincero y sublime. Enrique, siempre dueño de sí mismo, experto e inteligente, no había dejado ni una sola vez que la atracción que experimentaba por la belleza de María Luisa se sobrepusiera a su razón.
Ahora, con profunda perplejidad, María Luisa comenzaba a preguntarse si había sido sincero. Coma una niña, confiada e inocente, había creído a pie juntillas todas sus palabras, nunca las había puesto en duda. Creía a Enrique infalible y le había colocado en el más alto pedestal, erigiéndole un altar dentro de su alma, poniéndole incluso antes que el tío Andrés e inmediatamente después de Dios. Así, el arte de mentir, que siempre le había parecido algo bajo y ruin, propio de gentes inferiores, había sido excluido de entre los atributos con que adornaba a Enrique.
Sin embargo, su conducta actual la tenía desconcertada. En la última entrevista que sostuvieran, se había mostrado reservado, frío, sin aquellas expresiones de cariño que tan interesante hacían su personalidad a los ojos de María Luisa. Al despedirse, la había besado; pero de un modo distinto a otras veces. La caricia se había hecho insistente, irrespetuosa. La joven, agradablemente sorprendida al principio, se había sentido luego, a solas, ligeramente molesta, avergonzada, experimentando un vago remordimiento de índole desconocida hasta entonces en sus relaciones con Enrique.
El tío Andrés, de un modo inesperado, cuando nadar hacía presentir su fin, pues su naturaleza era robusta, y jamás había padecido enfermedad alguna, había sido arrancado brutalmente a la vida en un fatal acci-

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