gado. Ella lo había levantado por encima de sí mismo, con la ayuda del tío Andrés. Y ahora, cuanto tanto
necesitaba de su cariño, le pagaba con la mayor de las ingratitudes.
Pero no era gratitud lo que de él quería. Su amor había sido hermoso y lleno de promesas. Enrique parecía haberle entregado el último reducto de su corazón. Conservarlo a su lado, si él ya no la amaba, si todo su cariño, repetido en mil promesas de amor eterno, había sido una farsa, era algo demasiado pobre en comparación con lo que había soñado. Pensaba pedirle una explicación, la última… Luego, sería lo que Dios quisiera.
Desde la muerte del tío Andrés, su vida era la de la Cenicienta. Esperando a Enrique, retirada de él, celosa de guardarle la ausencia, temiendo en lo hondo de su corazón el darle el motivo más nimio para que pudiera considerarse con derechos a proceder libremente, cometiendo alguna falta contra el absorbente amor que los había unido, pasábase las horas enteras encerrada entre las paredes de aquella casa que no era la suya, su propio hogar.
En la otra casa, la hermosa mansión del tío Andrés, su vida había sido como un sueño de mágicas aventuras.
Todo el mundo la trataba con mimo y respeto, considerándola la única probable heredera de la enorme fortuna del tío Andrés. Era como una pequeña reina, que tenía amistades por doquiera, con el corazón impregnado de la bondad y dulzura que poseen aquellas almas que sólo han visto de la vida el lado bueno.
Enrique, al aparecer en su existencia, había recogido en torno a ella, como un cuidadoso jardinero, las más hermosas rosas de aquella hermosa y libre existencia.
Sus atenciones, el cuidado exquisito que ponía en su trato, la habían hecho conocer un mundo aún mejor que el que la rodeaba. Había sido el, amor mas cu-
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