Noviembre 19, 2007...9:16 pm

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Llovía y era noche cerrada. El invierno, de cara larga y mirada triste como la de ciertas personas que no tienen ya esperanzas, sacudía su húmedo y frío manto sobre la tierra aterida. Los árboles de la plaza, desprovistos ya de hojas, batidos por el viento y el agua, elevaban sus brazos desnudos hacia el cielo, crispados en inmóvil plegaria. Por las calles, empinadas y tortuosas, corrían verdaderos torrentes, siguiendo el desnivel del suelo cubierto de lavadas piedras, con una sinfonía monótona que resonaba tristemente en el corazón de María Luisa.
El reloj de la vieja salita, adornada con arcaicos muebles, dió once sonoras campanadas, que despertaron ecos múltiples en la casa, rompiendo el augusto silencio que la envolvía.
Frente a la mirada ausente de María Luisa, Carmencita hacía sus deberes escolares con la más profunda atención. Era una niña muy seria, a pesar de sus escasos siete años, que se tomaba muy a pecho las cosas de la existencia. Por nada del mundo hubiera ido al día siguiente al colegio sin saberse sus lecciones y sin los deberes hechos. En cierto modo, se parecía bastante a María Luisa, que, sentada en la mecedora con Antonia Eugenia en sus brazos dormida corno un ángel, con su carita de ocho meses llena de la más tierna serenidad, escrutaba hondamente, queriendo ajustar su conducta al más estricto cumplimiento del deber.

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