Diciembre 29, 2007

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dado y perfecto por parte del hombre. Jamás le había dejado conocer la tristeza de la pasión, que convierte en puro instinto la pureza de los sentimientos. Sus besos, castos y dulces, nunca habían sido preludio de] deseo, sino la expresión de un amor sincero y sublime. Enrique, siempre dueño de sí mismo, experto e inteligente, no había dejado ni una sola vez que la atracción que experimentaba por la belleza de María Luisa se sobrepusiera a su razón.
Ahora, con profunda perplejidad, María Luisa comenzaba a preguntarse si había sido sincero. Coma una niña, confiada e inocente, había creído a pie juntillas todas sus palabras, nunca las había puesto en duda. Creía a Enrique infalible y le había colocado en el más alto pedestal, erigiéndole un altar dentro de su alma, poniéndole incluso antes que el tío Andrés e inmediatamente después de Dios. Así, el arte de mentir, que siempre le había parecido algo bajo y ruin, propio de gentes inferiores, había sido excluido de entre los atributos con que adornaba a Enrique.
Sin embargo, su conducta actual la tenía desconcertada. En la última entrevista que sostuvieran, se había mostrado reservado, frío, sin aquellas expresiones de cariño que tan interesante hacían su personalidad a los ojos de María Luisa. Al despedirse, la había besado; pero de un modo distinto a otras veces. La caricia se había hecho insistente, irrespetuosa. La joven, agradablemente sorprendida al principio, se había sentido luego, a solas, ligeramente molesta, avergonzada, experimentando un vago remordimiento de índole desconocida hasta entonces en sus relaciones con Enrique.
El tío Andrés, de un modo inesperado, cuando nadar hacía presentir su fin, pues su naturaleza era robusta, y jamás había padecido enfermedad alguna, había sido arrancado brutalmente a la vida en un fatal acci-

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Diciembre 5, 2007

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gado. Ella lo había levantado por encima de sí mismo, con la ayuda del tío Andrés. Y ahora, cuanto tanto
necesitaba de su cariño, le pagaba con la mayor de las ingratitudes.
Pero no era gratitud lo que de él quería. Su amor había sido hermoso y lleno de promesas. Enrique parecía haberle entregado el último reducto de su corazón. Conservarlo a su lado, si él ya no la amaba, si todo su cariño, repetido en mil promesas de amor eterno, había sido una farsa, era algo demasiado pobre en comparación con lo que había soñado. Pensaba pedirle una explicación, la última… Luego, sería lo que Dios quisiera.
Desde la muerte del tío Andrés, su vida era la de la Cenicienta. Esperando a Enrique, retirada de él, celosa de guardarle la ausencia, temiendo en lo hondo de su corazón el darle el motivo más nimio para que pudiera considerarse con derechos a proceder libremente, cometiendo alguna falta contra el absorbente amor que los había unido, pasábase las horas enteras encerrada entre las paredes de aquella casa que no era la suya, su propio hogar.
En la otra casa, la hermosa mansión del tío Andrés, su vida había sido como un sueño de mágicas aventuras.
Todo el mundo la trataba con mimo y respeto, considerándola la única probable heredera de la enorme fortuna del tío Andrés. Era como una pequeña reina, que tenía amistades por doquiera, con el corazón impregnado de la bondad y dulzura que poseen aquellas almas que sólo han visto de la vida el lado bueno.
Enrique, al aparecer en su existencia, había recogido en torno a ella, como un cuidadoso jardinero, las más hermosas rosas de aquella hermosa y libre existencia.
Sus atenciones, el cuidado exquisito que ponía en su trato, la habían hecho conocer un mundo aún mejor que el que la rodeaba. Había sido el, amor mas cu-

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Noviembre 26, 2007

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Su corazón comenzaba a sentir la inquietud de la incertidumbre. Aún la vida, con sus crueles dedos, había trazado trazos de amargura sobre su frente, que se conservaba tersa y limpia; pero el dolor, la duda y el quebranto de los insomnios, hablan puesto sombras violáceas en torno a sus ojos de espléndido color violeta.
Sus tíos habían salido. Estaban en el cine. Como de costumbre, se había quedado con las niñas, esperando la llegada de Enrique, su novio, que llevaba tres días sin aparecer.
Estaba muy triste, casi desesperada. Era horrible tener veintiún años, ser tan joven, y sentir ya que el amado no respondía a las ilusiones que él mismo despertara.
Lanzó un hondo suspiro. En la espera interminable, los minutos que transcurrían llenábanla de cruel angustia.
Últimamente, Enrique había faltado algún que otro día, pero jamás tres seguidos. Presentía, con angustiosa perplejidad, que él estaba buscando un pretexto para romper. Desde que el tío Andrés muriera las cosas habían cambiado mucho.
Sin embargo, no quería dar crédito a la evidente f realidad. Dentro de su corazón buscaba disculpas par su novio. La situación actual era distinta. Enrique tenía que desplazarse varios kilómetros para ir a verla. No importaba que tuviera coche propio, con el que fácilmente, podía cubrir, en poco más de media hora la distancia que los separaba. Ya no era lo mismo. Antes lo tenía siempre cerca, pues a pesar de la juventud de Enrique, éste había sido el administrador de las tierras del tío Andrés. Ella misma había influido en su tío para que consiguiera aquel importante puesto, una vez que se sintiera enamorada. Cuando, lo conocieron, él no era nadie. Vivía con su madre sin trabajo en que ocuparse, inútil y bastante apa-

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Noviembre 19, 2007

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Llovía y era noche cerrada. El invierno, de cara larga y mirada triste como la de ciertas personas que no tienen ya esperanzas, sacudía su húmedo y frío manto sobre la tierra aterida. Los árboles de la plaza, desprovistos ya de hojas, batidos por el viento y el agua, elevaban sus brazos desnudos hacia el cielo, crispados en inmóvil plegaria. Por las calles, empinadas y tortuosas, corrían verdaderos torrentes, siguiendo el desnivel del suelo cubierto de lavadas piedras, con una sinfonía monótona que resonaba tristemente en el corazón de María Luisa.
El reloj de la vieja salita, adornada con arcaicos muebles, dió once sonoras campanadas, que despertaron ecos múltiples en la casa, rompiendo el augusto silencio que la envolvía.
Frente a la mirada ausente de María Luisa, Carmencita hacía sus deberes escolares con la más profunda atención. Era una niña muy seria, a pesar de sus escasos siete años, que se tomaba muy a pecho las cosas de la existencia. Por nada del mundo hubiera ido al día siguiente al colegio sin saberse sus lecciones y sin los deberes hechos. En cierto modo, se parecía bastante a María Luisa, que, sentada en la mecedora con Antonia Eugenia en sus brazos dormida corno un ángel, con su carita de ocho meses llena de la más tierna serenidad, escrutaba hondamente, queriendo ajustar su conducta al más estricto cumplimiento del deber.

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